Las Banderillas.

4.5
(2)

De: Jesús Dónimos

Luces y sombras de la humanidad, entradas de sol y sombra para su símil taurino. Hombres con trajes de luces contra fieras astadas movidas por un instinto primario de ataque mortal. Todo un espectáculo de un arte tan único como efímero.

Después del preceptivo despeje del ruedo por los alguacilillos, simbólico recuerdo de la antigua manera de sacar a la gente de la plaza y dejarla libre a disposición de los toreros, comenzó el paseíllo de los toreros con sus respectivas cuadrillas.

Es en una de estas cuadrillas donde nos fijamos en nuestro protagonista, un subalterno que sabía lucir la plata: Federico Faiser Ababol Pansido.

Destacaba Federico por su corta talla y amplia montera, tan amplia montera se gastaba que tenía esta, apelativo propio, la “Generosa”. De ojillos vivarachos, sonrisa de te la guardo, brava pose sin enemigo en frente, vocinglero y faltón muy faltón. ¡Lo que podía llegar a soltar por esa boquita de piñón sin partir!

Fue en su tiempo Federico novillero oportunista con cierto y fugaz renombre (mayormente en su pueblo y alrededores) que fue perdiendo a medida que crecían los astados a los que había de enfrentar, mañoso en banderillas se creció en esa suerte, que a la postre sería su porvenir, haciéndola suya con su célebre “saltico” a la hora del encuentro. Saltaba por necesidad y clavaba con ahínco.

Por turno de lidia fue el tercer toro en el que Federico tendría que mostrar su valía. De nombre Libérrimo, era un toro de color Mosqueado (toro con pelaje claro con manchitas negras similares a las moscas), Apretado (astado grande y musculado), Astifino y Huevigordo (sin comentarios) de 580kg. Demasiado toro para una plaza de segunda.

Ya en los primeros compases de la faena se veía que iba a ser un toro indómito, faltaba trapo, sobraba toro. En el tercio de varas Libérrimo se demostró imposible y al segundo descabalgue del picador se dio por terminada y válida esa fase de la faena.

Ahora tú solo, se dijo para sí Federico al recoger las banderillas para entrar en suerte.

—¡Corre turno, hoy no es el día!— Le dijo el maestro viendo el peligro que iba a correr.

—¡Nanai!— le respondió altivo Federico, añadiendo que iba a saludar al tendido con “la Generosa” en la mano.

Ciertamente fue este un acto de avaricia más que de coraje, había una serie de extras a pagar y este era un caso de doble prima, por el hecho y la dificultad. La quería para él.

Con los garapullos en la mano se dispuso a enfrentarse con un Libérrimo que había hecho suyo el centro del ruedo. Para conseguir este cometido estaba, capote en mano, el “Probo”, un torero de plata de gran oficio y muy cumplidor en sus quehaceres de la lidia.

Una vez puesto Libérrimo en suerte por el “Probo”, se le mostró Federico desafiante, voceando, dando pasos despacio echando un pie delante del otro prácticamente arrastrándolos por el albero, apoyando los palitroques fuertemente sobre la palma de la mano y mostrando estos en alto, siempre en alto (todo lo que podía, claro).

Los dos primeros intentos de clavar los rehiletes a Libérrimo fueron dos carreras con mucho susto para Federico con dos buenos quites de su compañero de terna, pero con billetes en el pensamiento no iba a desistir.

Fue entonces cuando la rápida consecución de los acontecimientos hizo que entre el respetable muchos maldijeran su suerte, unos porque al estar distraídos, no lo vieron y otros precisamente por haberlo podido ver.

La cosa ocurrió de la siguiente manera: Corrió Federico raudo hacia el “Probo” citando a grandes voces a Libérrimo que no despreció su llamada movilizando sus quintales a gran velocidad hacia estos. Llegó Federico hasta el “Probo” y el toro también, de forma y manera que al sobrepasar Federico al Probo por la izquierda de este y este que se desplaza a su derecha para recibir al toro con su capote, Federico se giró rapidísimamente y con gran arrojo y desprecio por la mínima seguridad ante tan fulgurante encuentro a tres, se impulsó con todas sus fuerzas y con su reconocido “saltico” clavó las banderillas al grito de ¡toma! En todo lo alto, eso sí, del pobre “Probo” que no pudo más que chillar dolorido en algo más que lo físico.

—¡Cabrón!

Pero hete aquí que el “Probo” y con tan sólo un hilo de fuerza sacó a relucir toda su maestría con el capote dejando a Libérrimo enfilado hacia Federico.

Este que le vio hasta los empastes a el toro no acertaba porque lado huir y amagando que si a la derecha que si un poco más a la derecha que si a ver si libro por la izquierda…. Y desesperado, en busca de auxilio gritó:

—¡A mí!

—¡Pa ti!— Le respondió el “Probo” ya cayéndose y viendo no con mucho disgusto como Libérrimo levantaba a Federico por los aires, lo recogía y lo volvía a levantar. Entre el griterío del público congregado, rumor y barrunto de gran desgracia. Muchos se llevaron las manos a la cabeza, muchas se taparon los ojos y hubo quien vitoreó a Libérrimo por su forma de impartir justicia. Cada cual entiende las cosas a su manera, a tantas cosas tantas maneras.

Mientras Federico era presa fácil del astado para arriba y para abajo, pitonazo va, pitonazo viene, tacto rectal por asta de toro incluido (o colonoscopia, vaya usted a saber) todos los miembros de la terna taurina de la tarde acudían al rescate de los dos infortunados. No hizo falta. Libérrimo con la misma determinación y fijeza con que cogió a Federico, le soltó y volvió al centro de ruedo, a sus dominios, mirando con fijeza como recogían a los dos heridos, inmutable.

De camino a la enfermería, muchos ánimos y aplausos para el “Probo” que aún seguía en estado de shock por el dolor y con la mirada perdida, incrédulo por lo que le había ocurrido y con muchas ganas de tener unas palabras con Federico, este por su parte no tan malherido como parecía era llevado en volandas por dos compañeros y creyéndose, él, el aplaudido levantaba la mano para saludar, cosa esta que le hizo oír justamente algún que otro improperio. Un policía se quedaría con ellos en la enfermería por lo que pudiera pasar.

Por su parte Libérrimo se mostró tan resabiado e intoreable que una vez acabado el tiempo para su lidia volvió a corrales para dejar turno al siguiente toro de la tarde. De nombre Ceporro, menos armao, más ligero de peso y constitución. Más toreable.

De este incidente taurino queda constancia en las crónicas taurinas pudiéndose leer lo siguiente: “El exceso de celo en el tercio de banderillas del subalterno Federico Faiser originó una tragedia que pudo ser mucho peor”.

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